Muchas mujeres en el mundo se encuentran sometidas a prácticas tradicionales que atentan contra su salud, sin saberlo. En los medios escucharemos calificativos como “barbarie”, “ritos primitivos”, “salvajes” … Sin embargo, ellas lo definirían como “lo normal”.

Una mirada necesaria sobre la mutilación genital femenina

“¿Cuál es la lección más grande que una mujer debe aprender? Que desde el primer día ya tenía todo lo que tenía dentro de sí, es el mundo el que la convenció de que no…” (Rupi Kaur).

Muchas mujeres y niñas en el mundo viven sometidas a prácticas tradicionales que atentan gravemente contra su salud física y emocional sin identificarlas como violencia. Desde fuera, los discursos mediáticos suelen calificarlas como “barbarie”, “ritos primitivos” o “salvajismo”. Sin embargo, para quienes crecen en estos contextos, esas prácticas forman parte de lo cotidiano, de lo “normal”, de lo esperado para poder ser reconocidas como mujeres dentro de su comunidad.

 

Nombrar esta realidad exige cuidado. No para relativizar la violencia, sino para evitar miradas simplistas que, lejos de proteger, refuerzan el estigma y empujan estas prácticas a la clandestinidad.

Desde una perspectiva histórica y social, la desigualdad entre mujeres y hombres no es casual ni culturalmente aislada: responde a un sistema patriarcal profundamente arraigado, basado en el control del cuerpo, la sexualidad y la autonomía de las mujeres. En este marco, las funciones sociales femeninas (matrimonio, maternidad, cuidado) han sido delimitadas de forma rígida, y cualquier desviación de ese mandato ha tenido consecuencias de exclusión, rechazo o violencia.

En ese contexto de presión estructural, muchas mujeres acaban participando en la transmisión de tradiciones que las dañan, no por libre elección, sino como estrategia de supervivencia para ellas y para sus hijas. El miedo a la exclusión social, al rechazo familiar o a la imposibilidad de un futuro digno actúa como una forma de coerción silenciosa. Sin este marco, es imposible comprender por qué prácticas como la mutilación genital femenina (MGF) siguen reproduciéndose generación tras generación.

La MGF engloba todos aquellos procedimientos que implican la alteración o lesión de los genitales externos femeninos por motivos no médicos, con el objetivo de controlar la sexualidad de las mujeres y garantizar su “pureza”, fidelidad o aceptación social. Sus consecuencias son múltiples y duraderas: dolor crónico, infecciones, complicaciones en el parto, secuelas emocionales y afectación grave de la vivencia corporal y sexual.

En los últimos años, además, se ha observado una preocupante tendencia a la medicalización de esta práctica en algunos países. Lejos de erradicarla, esta estrategia corre el riesgo de legitimar la violencia y de transmitir la falsa idea de que, realizada en un entorno sanitario, deja de tener consecuencias. Extirpar tejido sano nunca es neutro: siempre supone una forma de violencia contra el cuerpo de niñas y mujeres.

En contextos migratorios, el abordaje de la MGF plantea retos específicos que requieren respuestas coordinadas y preventivas. En Elche, esta realidad ya está siendo abordada desde una lógica preventiva. El Hospital Universitario del Vinalopó cuenta con protocolos específicos para la detección y el abordaje de prácticas tradicionales perjudiciales para la salud de mujeres y niñas, como la mutilación genital femenina. Este tipo de herramientas no buscan criminalizar a las familias, sino anticiparse al riesgo, coordinar a los distintos recursos implicados y garantizar la protección desde una perspectiva sanitaria, social y de derechos humanos.

La mera prohibición legal o el enfoque exclusivamente punitivo no solo resultan insuficientes, sino que pueden aumentar el riesgo al empujar estas realidades a espacios ocultos, dificultando la detección y la protección. La experiencia demuestra que el abolicionismo, por sí solo, no genera cambios sostenibles.

Desde la intervención psicosocial y la perspectiva de derechos humanos, la prevención pasa por generar espacios de información, escucha y acompañamiento, como los que se impulsan desde entidades como la Fundación Elche Acoge, donde las mujeres pueden reflexionar sin miedo, comprender las consecuencias reales de estas prácticas y encontrar alternativas al mandato cultural sin quedar aisladas de su entorno social y familiar.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible marcan como prioridad la eliminación de todas las prácticas perjudiciales para la salud de mujeres y niñas. Alcanzar ese objetivo solo será posible si situamos a las mujeres en el centro del cambio, no como víctimas pasivas, sino como agentes con capacidad de decisión cuando cuentan con información, apoyo y derechos garantizados.

Prevenir la mutilación genital femenina no consiste en señalar culturas ajenas, sino en cuestionar cualquier sistema que legitime el control del cuerpo de las mujeres. Sin escucha, no hay prevención. Sin derechos, no hay protección. Y sin la participación activa de las propias mujeres, no habrá transformación real.

 

 

 

 

 

 

 

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