La migración forzada no es solo un movimiento geográfico, sino una fractura psíquica. En las mujeres del Holocausto, esa fractura estuvo atravesada por el cuerpo, la maternidad y el silencio.
“El silencio fue, en muchos casos, otra forma de supervivencia.”
Hablar del Holocausto puede traernos imágenes conocidas, cifras imposibles, campos destinados a la muerte. Sin embargo, esa forma de recordar corre el riesgo de volverlo abstracto, ante todo, fue una experiencia vivida en los cuerpos.
Cada 27 de enero, el mundo se paraliza para recordar a las víctimas del Holocausto, que convoca a la memoria colectiva, a los nombres, a las cifras, a la magnitud de un crimen que marcó de forma irreversible la historia del siglo XX.
No fue solo un sistema de exterminio, sino también una experiencia extrema de desplazamiento forzado. Millones de personas fueron arrancadas de sus comunidades, territorios, de lo que era su hogar. La violencia no se distribuyó de manera uniforme, ya que, para las mujeres y las niñas, ese desarraigo implicó una ruptura profunda con el cuerpo propio, con los vínculos y con los sentidos que organizaban la identidad, que durante mucho tiempo quedaron fuera del relato.
No solo se trató de perder un lugar en el mapa, sino de quedar expulsadas de un mundo que conocían.
Desde una mirada psicológica, el desplazamiento forzado no puede pensarse como un simple traslado, es una fractura interna que deja marcas duraderas. Las deportaciones sucesivas convirtieron a las mujeres en presencias transitorias, despojadas de nombre, de pertenencias y de historia.
En ese contexto, el cuerpo femenino se volvió especialmente vulnerable. Fue controlado, evaluado, utilizado y transportado. La violencia sexual, la maternidad negada o impuesta, el castigo al embarazo y la necesidad de ocultar los signos de lo femenino formaron parte de una experiencia cotidiana de amenaza.
Para muchas, sobrevivir implicó volverse invisibles, borrar el propio cuerpo como forma de protección.
Muchas mujeres no encontraron palabras durante años, no por olvido, sino porque no existía un espacio dispuesto a escuchar experiencias tan dolorosas. El silencio fue en muchos casos, otra forma de supervivencia.
Incluso después del fin del genocidio, el desplazamiento continuó. Mujeres y niñas permanecieron en campos de personas desplazadas, atravesaron migraciones sin verdadera elección, enfrentaron nuevos comienzos marcados por la perdida y la obligación de seguir adelante. Las niñas crecieron sin infancia, aprendiendo demasiado pronto a cuidar, a callar, a adaptarse.
Mirar el Holocausto desde la experiencia de las mujeres no fragmenta la memoria: la vuelve más honesta. Nos recuerda que la violencia opera de manera desigual y que el desarraigo deja huellas que atraviesan generaciones. Las mujeres desplazadas de hoy cargan historias que resuenan con las del pasado y escucharlas es una responsabilidad ética. También nos obliga a mirar el presente. Implica conectar con las duras historias de quienes hoy viven en contextos de violencia extrema, como en Gaza o el Congo, quedando atrapados o sufriendo desplazamientos masivos lejos de su hogar.
Estas prácticas tienen voz y nombre, donde desde la Fundación Elche Acoge, se trabaja continuamente para darles cavidad en el proceso de gran oscuridad por el que tantas personas atraviesan en su lucha por sobrevivir. Porque mientras ciertas experiencias sigan sin ser nombradas, la memoria seguirá incompleta.
Mar Alarcón López. Psicóloga.
Área Psicosocial de la Fundación Elche Acoge






