Las crisis humanitarias no afectan a todas las personas por igual. Las mujeres afrontan necesidades específicas durante las emergencias y continúan sosteniendo sus consecuencias mucho después de que la atención pública desaparezca.“Salimos para estar seguras. No sabíamos que reconstruir la vida iba a ser tan difícil.” (O.H.).


Cada 19 de agosto se conmemora el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, una fecha que reconoce la labor de quienes intervienen en contextos de crisis en todo el mundo. Sin embargo, también es una oportunidad para recordar que las emergencias no afectan a todas las personas de la misma manera.

Las crisis humanitarias (provocadas por conflictos, desplazamientos forzados, pobreza extrema o desastres naturales) tienen un impacto diferenciado en mujeres y niñas. Durante las emergencias aumentan los riesgos de violencia, se interrumpen los itinerarios educativos y sanitarios y se intensifica la sobrecarga de cuidados en contextos donde los recursos son limitados o inexistentes.
A estas dificultades se suman otras menos visibles, pero igualmente importantes, como el acceso a la salud sexual y reproductiva, la atención psicosocial o la protección frente a situaciones de explotación, que con frecuencia quedan en un segundo plano dentro de las respuestas iniciales de emergencia.

Sin embargo, uno de los aspectos menos reconocidos de las crisis humanitarias es lo que ocurre después. Cuando la emergencia deja de ocupar titulares, muchas mujeres continúan sosteniendo en solitario procesos de adaptación, reorganización familiar y reconstrucción de sus proyectos de vida en contextos marcados por la incertidumbre administrativa, la precariedad económica y la ausencia de redes de apoyo.

Desde la intervención social con mujeres migrantes en ciudades como Elche se constata que muchas trayectorias vitales siguen atravesadas por crisis que no siempre se reconocen como tales. El desplazamiento, la separación familiar, la irregularidad administrativa o la dificultad de acceso a derechos básicos forman parte de emergencias prolongadas en el tiempo que requieren acompañamiento sostenido.

Hablar de asistencia humanitaria implica también reconocer la importancia del trabajo cotidiano que se realiza fuera de los escenarios de emergencia visibles. Acompañar procesos de recuperación emocional, facilitar el acceso a recursos básicos y generar espacios seguros de apoyo mutuo son acciones esenciales para que la reconstrucción sea posible.

Desde hace casi 32 años, entidades como Fundación Elche Acoge acompañan en nuestra ciudad a personas cuyas trayectorias vitales siguen atravesadas por situaciones de persecución, violencia extrema, pobreza, explotación o tráfico de personas. Realidades que no terminan cuando se cruza una frontera y que continúan condicionando los procesos de adaptación, el acceso a derechos y la reconstrucción de proyectos de vida en el lugar de llegada. Un trabajo sostenido en el tiempo que sigue siendo imprescindible incluso en contextos sociales cambiantes, donde la desinformación y los discursos de rechazo conviven con muchas historias de esfuerzo, resiliencia y reconstrucción cotidiana.

Porque la asistencia humanitaria no termina cuando cesa la emergencia. Continúa allí donde empieza la reconstrucción de la vida cotidiana.

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